Hace una hora que el cuerpo ha decidido no seguir descansando y la mente me ha traído a lo que es motivo de preocupación desde hace algún tiempo: Mi aquí y ahora como guía en una ciudad romana.
Leo para aprovechar el tiempo lo último adquirido: «La Historia de Roma en 21 mujeres», de Emma Southom.
La autora describe Roma, su nacimiento como estado, su gobierno primero, racional, como monarquía parlamentaria y su paso a república… ¡y en ello estoy!
En pocos días recibiré a cuantos visitantes acudan a Los Bañales para saber del pasado de la ciudad a quienes suelo poner en antecedentes de lo que fue el paso de Roma por tierras cincovillesas aún antes de que fuera Imperio, pues de todo ha quedado huella impresa en piedra.
Pues bien, en mi desvelo, algo que empieza a resultar molesto por lo que representa de desorden propio de la edad, me he puesto a leer el librito por el cual he sabido algo más de Troya, de la bellísima Helena, de Páris, de Hersilia y un largo etcétera de personajes que, leyenda o no, narran el modo en que se funda una ciudad, Roma, que llegaría a ser Imperio en base a lo peor de la casta humana reunidos en su facción varonil – cómo me recuerda a un pais actual que los comentaristas deportivos llaman «oceánico» como si no tuviera nombre propio – en torno a unas colinas. Era casta que ansiaba perpetuarse en el tiempo pero que adolecía de mujeres, esposas, madres, hijas … que participaran en sus deseos. Y aquí aparecen las sabinas y todo lo que se montó alrededor de su rapto.
Por abreviar: El modo que eligen aquellas gentes (hombres, principalmente porque las mujeres es obvio que nunca fueron más que objeto para ellos, eso creían los majaderos) fue la monarquía, una monarquía cuyo líder, Rey – el que conduce recto, el que pone orden – lo elegía un Senado, grupo de hombres de edad a los que se les reconoce sabiduría que proviene de su experiencia de vida. Aquello duró hasta el año 510 a.C. o bien «c.a.» para no ofender a nadie, justo hasta el reinado de Tarquinio el Soberbio. Y aquí aparece una mujer, Lucrecia , modelo de virtud y su antagónica Tulia.
Recomiendo leer la vida de ambas contadas por Livio, muy augústeo en el tratamiento de la historia, o bien de Ovidio, poeta, más moderado por su románticismo al describir las escenas (sin haber llegado todavía a leer a ninguno de ellos*) cuando describen la vida de ambas, dejándome llevar por el juicio de la autora del libro que, por su llaneza al expresarse, engancha desde el primer momento a su lectura, otorgando gran credibilidad a los hechos que dieron lugar a la Monarquía y el paso a la República que duraría hasta el cambio de era, ya con Augusto en el poder.

El cuadro de Tiziano representa la violación de Lucrecia, punto de partida de unos hechos que culminarían con la muerte de Tarquinio el Soberbio.
Una y media de la madrugada. Mi escrito no lo someto a corrección, pero creo haberme ceñido a lo que nos cuentan las fuentes. Pido perdón de antemano si mi interpretación no es todo lo correcta que debiera y agradeceré correcciones.
En unos días, a las 10:30h., cuando comience la visita guiada, tendré un motivo más para pensar que al dar a conocer la Historia ayudo a ser más libres a quienes la escuchen y tendré también un motivo añadido para pensar que debo seguir leyendo, debo seguir estudiando, pues que cada vez comprendo que sé menos.
Otra opción es dejar paso a quien ya tiene todo ésto por sabido – además mi edad ya pide jubilación -, pero es mi ego quien habla y aunque creo que tiene razón, permítaseme seguir siendo ser como soy: un lego metido a juglar cuenta-cuentos que acerca la Historia a quien guste y tenga paciencia de escucharla, con el único propósito de inspirar despertándo sentimientos de colectividad como unidad, dentro de nuestra diferencia individual.
* Prometo que leo a los clásicos en la medida que el tiempo me lo permite y dentro de las horas que el día tiene, en la seguridad de que el tiempo pasado no se recupera nunca.
