El abuelo

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Ayer, por segunda vez, leí una novelilla que se me regaló a raiz de un espurgo que se hizo en la biblioteca de un centro escolar. El precio que se pagó por él, totalmente simbólico, fue de1€.

Lo volví a leer porque me apareció durante las labores de ordenación de mi librería y algo me decía que no era de mi propiedad, pero quien me lo regaló me aclaró la duda y, más tranquilo, quise recordar su primera lectura.

«La segunda infancia de Don Honorato», escrito por Ricardo Alcántara, es una recreación de los aconteceres de un señor, Don Honorato, desde el momento en que pasó a la situación de «jubilado».

La familia del protagonista es una familia que podemos clasificar como normal: Esposa, hija, hijo político y nieto. Como personaje pintoresco que no podía faltar en la trama aparece el «kiosquero», quien refleja muy bien la figura del «correveidile» del barrio.

No voy a «destripar» el desarrollo de la obra, pero sí que creo que puedo decir lo que cuenta. No es ni más ni menos que lo que sucede en cuanto se llega a una edad – los 65 en éste caso – y se deja de tener la obligación de cumplir con una jornada laboral durante la cual desarrollas el papel que no siempre coincide con el deseado.

Es un momento ése de sonar el despertador a la hora habitual y no levantarte de la cama, inenarrable ¡Al fin voy a hacer lo que siempre he querido hacer!, se suele decir. Craso error.

Lo que tiene que vivir Don Honorato sólo los que lo estamos pasando podemos comprenderlo. Todos le buscan quehacer «para que no caigas en el tedio y enfermes por ello»

Dejando de lado mi experiencia personal que carece de interés por anodina, cuento la actitud de un buen uncastillero que tuvo que bajar a la ciudad para poder sacar adelante a la familia. Trabajador, persona buena, discreto, gran lector – se había leído «el Quijote varias veces al punto de poder recitar de memoria pasajes completos de la obra cervantina – y sobre todo un extraordinario abuelo.

Sucedió que cuando se iba a jubilar, entre bromas y socarronerías de mal gusto, alguien con afán de afearle su dedicación a la empresa y a su trabajo en ella, le dijo: A partir de mañana empieza la cuenta atrás. No va a saber que hacer y se morirá de aburrimiento.

No recuerdo cuál fue su contestación exacta, pero sería prudente. Sólo sé que los casi veintidos años que vivió desde ése día los dedicó a disfrutar «haciendo lo que no era posible hacer mientras trabajó» y doy fe de que lo hizo muy bien mientras no le atacaron «los malos pensamientos», las preocupaciones que le fueron impuestas. Tenerlos y comenzar el declive todo fue uno y la vida se le acortó exponencialmente. Nunca dejó de ser un hombre de gestos sencillos y, sin ruido, se fue sin que se le terminara de entender, pero eso puede ser elucubración mía.

Don Honorato tuvo más suerte – recomiendo leer su historia – y no sin tener que atravesar jocosas tribulaciones, obtuvo la comprensión de la familia y pudo realizar su sueño: Tener un rincón donde escribir un libro.

Para los «mayores», cuarenta años, esa edad en la que la naturaleza dota de una fortaleza plena al ser humano haciéndole creer que es el rey de la creación, – ¿Dónde queda la humildad? – puede resultar una lectura sosa o tal vez exagerada.

Para los niños me parece una buena forma de hacerles reflexionar sobre los «muy mayores» que, no por serlo, dejan de tener ilusiones y ayudarles a realizarlas es el mejor modo de mostrar su cariño hacia ellos.

«…Es penoso (se objeta), tener la muerte delante a la vista». En primer término, ella debe estar en la consideración tanto del viejo como del joven, pues no somos convocados a ella según el censo; además, nadie hay tan anciano como para no aguardar razonablemente un día más. Ahora bien, un día es es un peldaño en la vida. (…) Si Dios nos otorga además un mañana, recibamosló con júbilo». Séneca, Epístolas morales a Lucilio, Libro I, Epístola 12.6

La vejez, un tiempo en que «…superadas las pasiones no (se) tiene necesidad de placeres» Una gran ventaja, según Séneca.

Don Honorato y familia: La importancia de ayudar a mantener las ilusiones en toda edad y condición para poder un día cuando corresponda marchar, con serenidad, decir: «He vivido»

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